Hoy, mientras intentaba recrear o re imaginar una publicación antigua para volver a compartirla, no me di cuenta de que ya la había corregido. Un pequeño olvido que, felizmente, no me cuesta ningún trabajo ni me trae mayores consecuencias, pues no escribo para un diario o un periódico. Sin embargo, el hecho de estar a punto de repetir una publicación me hizo pensar que, quizá, no soy tan atento como creía con las cosas que hago.
También estuve pensando en cómo acomodar la fotografía que acompaña este texto para justificar, de alguna manera, su presencia. (Runa, la de las prioridades).
Hace no mucho, imaginaba a una chica que, sin ser demasiado despistada, pudiera mostrarse amable a pesar de las circunstancias. Una chica basada en mi propia apariencia, casi como si se tratara de una hija a la que pudiera dar vida mediante mis ideas, mis conversaciones y mis dibujos.
A veces olvido que ella es una creación mía y termino pensando que, de alguna manera, va a responderme. Es curioso, porque puedo pasar de imaginarla como un personaje hasta sentir que estoy conversando con alguien que tiene algo que decirme. Pero, al menos en este caso, no he olvidado cuál es su propósito: algún día, hacer un cómic protagonizado por ella.
No suelo olvidar las cosas tan rápidamente, pero, en aquel momento, la publicación me parecía completamente nueva. Tenía ese tono sarcástico que alguna vez me salía con más facilidad y que ahora intento recuperar, aunque debo admitir que ya no soy ni la sombra de lo que solía ser.
Y quizá esa sea una de las razones por las que Runa terminó convirtiéndose en algo más que un personaje. Ella representa una parte de mí que dejé atrás durante mucho tiempo, una parte que intenté esconder para no terminar absorbido por la maldad del mundo. Esa tranquilidad, esa confianza y esa manera de tratar a los demás que, por distintas circunstancias, fui perdiendo.
Ahora, sin proponérmelo del todo, Runa se ha convertido en una fuente de inspiración para un proyecto que espero llevar a cabo en el futuro.
Soy consciente de que a muchas personas no les gusta la inteligencia artificial y de que la idea de hacer un cómic con su ayuda quizá no despierte demasiado interés. Tal vez mi trabajo termine relegado al olvido, como tantas otras cosas que alguna vez alguien comenzó con entusiasmo y que después nadie volvió a mirar. Y también existe la posibilidad de que, por miedo a fracasar, sea yo mismo quien termine olvidando el proyecto antes siquiera de intentarlo.
Supongo que esa es una de las cosas que más me preocupan: no tanto que algo salga mal, sino que el miedo a que salga mal termine convenciéndome de no hacer nada.
Y entonces pienso en Runa. Si fuera real, ¿qué me diría?
Probablemente me miraría con esa expresión tranquila suya, acomodaría sus gafas y, después de pensarlo un momento, respondería:
—¿Otra vez estás pensando en todo lo que podría salir mal?
—Es que no sé si valdrá la pena. Quizá nadie quiera leer mi cómic.
—Bueno, pero todavía no lo has hecho. ¿Cómo sabes que no va a gustarle a nadie?
—Tampoco sé si seré capaz de terminarlo.
—Eso ya es otra cosa. Puedes intentarlo y descubrirlo por el camino. No tienes que saber hacerlo todo desde el principio.
—¿Y si, después de tanto esfuerzo, termina olvidado en algún rincón?
—Pues será una pena, claro. Pero no creo que sea una buena razón para no intentarlo. Además, ¿no querías contar una historia? No recuerdo que me hayas dicho que tu único objetivo era convertirte en famoso.
Probablemente tendría razón. A veces uno se preocupa tanto por el resultado que termina olvidándose de aquello que lo motivó a empezar.
Quizá Runa se quedaría callada unos segundos, como si estuviera buscando las palabras adecuadas. Después, con una pequeña sonrisa, añadiría:
—Mira, no te voy a prometer que todo saldrá bien. No lo sé. Pero tampoco tienes que demostrarle nada a todo el mundo. Si esta historia significa algo para ti, dale una oportunidad.
—¿Y si fracaso?
—Entonces habrás aprendido algo. Podrás corregirlo, volver a intentarlo o tomar otro camino. Fracasar no significa que hayas perdido el derecho a seguir adelante.
—Lo dices como si fuera muy sencillo.
—No he dicho que sea sencillo. Solo digo que no tienes que rendirte antes de empezar.
Y quizá, después de escucharla, yo seguiría teniendo mis dudas. No creo que una conversación sea suficiente para hacer desaparecer todos los temores, ni siquiera una conversación con alguien tan comprensiva como ella. Pero tal vez me ayudaría a ver las cosas de otra manera.
Al fin y al cabo, Runa tampoco necesita ser perfecta. Puede equivocarse, sentirse triste, dudar de sí misma o no saber qué responder. Lo importante es que conserve esa manera de mirar el mundo sin perder del todo la confianza en que todavía hay cosas buenas por descubrir.
Quizá por eso me gustaría darle una historia propia. No para que sea una chica extraordinaria a los ojos de todo el mundo, sino para que pueda ser ella misma, con sus pequeñas manías, sus silencios, sus ocurrencias y esa forma tan suya de encontrar algo bueno incluso en los días más grises.
Y si algún día el cómic llega a existir, espero poder mirar atrás y recordar que todo comenzó con una idea que, por momentos, parecía demasiado pequeña para convertirse en algo real.
Runa probablemente tendría una última cosa que decirme:
—Oye, si vas a pasar tanto tiempo imaginando cómo podría terminar nuestra historia, ¿por qué no empiezas por escribir la primera página?
Y, después de una pausa, quizá añadiría:
—No tienes que hacer algo grandioso. Haz algo que te importe. Lo demás ya lo irás descubriendo.
Tal vez ese sea el mejor consejo que podría darme mi propia creación. Porque, aunque Runa haya nacido de mis ideas y de una parte de mí que creía perdida, ahora también me ayuda a mirar hacia adelante.
No sé si algún día mi cómic tendrá muchos lectores, si alguien recordará su nombre o si terminará siendo una de esas tantas historias que pasan inadvertidas. Pero, si alguna vez llego a verlo terminado, al menos sabré que no permití que el miedo decidiera por mí.
Y si las cosas no salen como esperaba, quizá todavía pueda imaginar a Runa sentada frente a mí, con sus auriculares descansando sobre la mesa y una taza de café entre las manos.
Me miraría con serenidad y me diría:
—Bueno… al menos lo intentaste.
Y, por una vez, espero poder responderle que sí. Que lo intenté de verdad.
